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Pusieron a su servicio doce criados, cada uno de los cuales sujetaba con firmeza una cinta de seda que le habían atado alrededor de la pata. Se quedaría a vivir en la Corte, con derecho a jaula propia, y con libertad para salir de paseo dos veces durante el día y una vez por la noche.

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Y el ruiseñor cantó tan deliciosamente que las lágrimas asomaron a los ojos del Emperador; y cuando el pájaro las vio surcar sus mejillas, volvió a cantar con mayor belleza, hasta llegarle al corazón. -Suena mejor en el bosque -dijo el ruiseñor; pero los acompañó de buen grado cuando le dijeron que era un deseo del Emperador. Las paredes y el suelo, que eran de porcelana, brillaban a la luz de miles de lámparas de oro. -Mi pequeño y excelente ruiseñor -dijo el mayordomo-, tengo el grato honor de invitaros a una gran fiesta en palacio esta noche, donde podréis deleitar a Su Imperial Majestad con vuestro delicioso canto.Sí, en el jardín del Emperador todo estaba diseñado con sumo ingenio, y era tan extenso que hasta el mismo jardinero desconocía dónde estaba su final. El Director de la Orquesta Imperial lo alabó extraordinariamente, asegurando que era mejor que el ruiseñor auténtico, no sólo en lo concerniente al plumaje y los espléndidos diamantes, sino también en lo interno.En el caso de que lograras alcanzarlo, te encontrarías con el bosque más espléndido, con altos árboles y profundos lagos. -Pues consideren sus Señorías, y especialmente Vuestra Majestad, que con el ruiseñor auténtico nunca se puede predecir lo que va a cantar.El palacio del Emperador era el más espléndido del mundo, todo él de la más fina porcelana, tan precioso pero tan frágil que había que extremar las precauciones antes de tocar nada. -¡Pues ordeno que venga aquí esta noche a cantar para mí! -Pero el libro donde lo he leído me lo ha enviado el poderoso emperador del Japón -dijo el Soberano-; por lo tanto, no puede contener falsedades. Finalmente dieron en la cocina con una pobre moza, que dijo: -¡Dios mío, el ruiseñor! Todos se dirigieron al bosque, donde el ruiseñor solía cantar; media Corte formaba la expedición. Cantó treinta y tres veces la misma melodía, sin cansarse en absoluto.

En el jardín abundaban las flores más preciosas, y de las más maravillosas pendían campanillas de plata que tintineaban para que nadie pudiera pasar ante ellas sin observarlas. Los cortesanos querían oírla de nuevo, pero el Emperador opinó que también el ruiseñor verdadero debía cantar un poco. Nadie se había dado cuenta de que, volando por la ventana abierta, había vuelto a su verde bosque. -dijo el Emperador; y todos los cortesanos lo llenaron de improperios, y tuvieron al ruiseñor por un pájaro extremadamente desagradecido. -dijeron-, y el ave artificial hubo de cantar de nuevo, repitiendo por trigésima cuarta vez la misma canción; pero como era muy difícil no consiguieron aprendérsela.

En medio del gran salón donde se sentaba el Emperador, había una percha de oro para el ruiseñor.

Las flores más exquisitas, dispuestas con sus campanillas, habían sido colocadas en los pasillos; las constantes carreras de los cortesanos por los corredores, para que todo estuviera en su punto, producían tales corrientes de aire que las campanillas no cesaban de sonar y no podía oírse ni la propia voz de uno.

-preguntó el ruiseñor, que creía que el Emperador estaba allí.

Y el Director de la Orquesta Imperial escribió veinticinco volúmenes sobre el pájaro mecánico; eran tan largos y eruditos, tan llenos de las más difíciles palabras chinas, que todo el mundo afirmó haberlos leído y entendido, porque no les creyeran tontos y les dieran patadas en el estómago.

Pero no era ningún libro, sino un pequeño robot colocado en una jaula: un ruiseñor artificial, que se parecía al vivo, pero recubierto de diamantes, rubíes y zafiros.